Horario Parroquial

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Domingo 3° de Cuaresma

Hoy hemos escuchado en la segunda lectura, el hermoso anuncio de nuestra fe.  Cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado.  Y como es difícil que alguien quiera morir por otra persona, aunque sea justa y buena, y menos todavía si esa persona es un pecador, la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.  Yo encuentro esa frase de Romanos 5,8 muy semejante a la declaración de Juan 3,16: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.  Este es el gran mensaje, esta es nuestra alegría: al origen de todo está un Dios que nos ama, y por eso, no solo nos creó, sino que también nos perdona los pecados y nos rescata de la muerte para que tengamos la vida eterna.  Dios no esperó a que lográramos, por nuestro propio esfuerzo, ser justos y santos.  Él, que nos creó, sabía que eso es imposible, y por eso envió a su Hijo a nuestro rescate.  La prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.

Quien acepta como verdadera esta afirmación tiene también un modo de entender su vida y de entender el mundo.  El contraste con otras opiniones permite destacar la singularidad de lo que afirmamos.  Otros dicen que todo lo que existe es pura casualidad, que no hay ningún designio que podamos conocer que dé sentido constitutivo a nuestro mundo.  El orden y armonía que la ciencia descubre en la naturaleza explica el funcionamiento del sistema, pero no revela ningún objetivo ni propósito como no sea el colapso y la disolución final en la nada cuando se consuma toda la energía que hay en el universo.  El mundo y nosotros mismos nos desarrollamos sin ningún objetivo ni meta conocida.  Estamos aquí porque sí, sin causa ni propósito.  Otros dudan de que pueda haber al principio de todo un Dios que nos ame, pues encuentran contradictoria la existencia de un tal Dios con todas las calamidades físicas, el sufrimiento humano y la perversidad criminal de este mundo.  Si hubiera un Dios bueno, dicen, pondría remedio a la maldad humana, traería alivio al sufrimiento inocente, haría algo para prevenir las calamidades físicas.  Estamos solos dejados a nuestra buena o mala suerte.

Estos son los dos enfoques, los dos puntos de vista más difundidos entre quienes no aceptan la fe.  Pero los creyentes, afirmamos que tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna y decimos que la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.  Frente a quienes piensan que el mundo es fruto del azar, que no hay ni causa ni propósito en la naturaleza más allá de su propio colapso y destrucción, nosotros decimos que este mundo, efectivamente, pasa y la misma palabra de Dios dice que está destinado al colapso.  Pero la creación encuentra su sentido final en la vocación de la humanidad a la santidad.  En nuestro corazón hay una inquietud de infinito, una sed de Dios.  Hemos sido llamados a la vida eterna, más allá de este mundo.  La naturaleza y el mundo creado encuentran su sentido y destino en nuestra vocación a la eternidad.  Y en cuanto a la existencia del mal, nosotros creemos en un Dios que no es indiferente al sufrimiento y al dolor humano, al pecado y al mal, sino que Él mismo se ha hecho uno de nosotros y ha compartido el dolor humano, incluso la muerte, porque nos ama.  El sufrimiento de Dios, el sometimiento de Dios a la maldad humana, ha sido el camino para la superación del mal.  Así nos ha enseñado que hay un camino hacia la vida a través del mal físico que padecemos, y que gracias al perdón que Él nos da es posible la conversión del pecador.  El mal no se supera eliminándolo, sino atravesándolo como hizo Dios en su existencia humana.

Dar el paso para entender la vida desde la convicción de que Dios nos ama y que nuestra existencia y el mundo entero tienen sentido desde el amor de Dios; dar ese paso es acceder a la fe.  La fe nos da entrada al mundo de la gracia, en la cual nos encontramos los creyentes.  Pero nuestra fe en Cristo, se convierte también en esperanza cuando miramos hacia el futuro, cuando queremos comprender hacia dónde vamos.  Por Cristo, podemos gloriarnos de tener la esperanza de participar en la gloria de Dios.  Y esta esperanza no es un engaño, un espejismo seductor.  La esperanza no defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones, por medio del Espíritu Santo, que Él mismo nos ha dado.  Es decir, nosotros los creyentes, ya desde ahora experimentamos un anticipo de lo que será nuestra plenitud.  En la alegría de creer, en el ardor de sabernos amados por Dios, en la iluminación que proviene de descubrir el sentido de la vida, en la paz de la conciencia cuando somos perdonados descubrimos que Dios, ya desde ahora, nos permite anticipar la salvación.  Esos sentimientos son el signo afectivo de la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones, y por eso nuestra esperanza no es una ilusión vana.

Ese mensaje de salvación es el que transformó a la mujer samaritana cuya historia escuchamos en la lectura del evangelio.  Ella pasó de la perplejidad de encontrarse con un judío que le pedía de beber a la alegría de saber que había encontrado al Salvador que ella esperaba en su dolor.  Gradualmente fue descubriendo la identidad del hombre que le hablaba.  Primero se encontró con un judío que rompiendo las barreras de la discriminación étnica se acercaba necesitado y le pedía de beber.  Luego descubrió al profeta que le leyó el corazón y le reveló su sufrimiento.  Finalmente comprendió que hablaba con el Mesías que le enseñaba que el culto verdadero es el que se realiza en espíritu y verdad.  En ese momento la mujer fue corriendo a llamar a sus paisanos para que también ellos conocieran al Mesías y compartieran su alegría de haber encontrado al Salvador.  De modo que aquellos samaritanos pudieron decirle a la mujer: Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el Salvador del mundo.  Hagamos nosotros lo mismo.  Descubramos en el amor de Dios el sentido y plenitud de nuestra vida, y luego, tomemos la decisión de anunciarlo a cuantos todavía no lo conocen, para que ellos con nosotros proclamemos que Jesús es el Salvador del mundo.

 
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