Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

8:30 am - 12:00 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Domingo 2° de Cuaresma

Hoy hemos escuchado una frase en la segunda lectura que merece que nos detengamos un poco a meditarla: Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente.  En esta frase se declara que Dios ha decidido salvarnos no como premio a nuestras buenas obras, pues Cristo vino a este mundo cuando éramos pecadores, sino que la salvación de Dios nos llega porque así lo quiso Dios gratuitamente, a pesar de que somos pecadores.  Esta frase es del todo contraria a la lógica del mundo en que vivimos.

Nuestro mundo espera que las personas merezcamos el premio o la recompensa como resultado del propio esfuerzo.  Si eres estudiante tienes que “ganar” los exámenes y las pruebas, porque el diploma no te lo dan sin esfuerzo; si eres empresario debes tener “éxito”; si vas por la vida tienes que “destacar” para ser “alguien importante”.  Lucha, esfuérzate, rinde, descuella, gana, ten éxito.  Esas son las consignas que se nos inculcan.  Si no lo haces eres un haragán, un perdedor, un mantenido, don nadie.  Llegamos a creer que la vida es un logro personal, que no le debemos nada a nadie, porque lo que somos lo hemos logrado con nuestro esfuerzo, tesón y talento.  Sin embargo, Dios nos ha salvado, no porque lo merecieran nuestras obras buenas, sino porque así lo dispuso él gratuitamente.

Ciertamente debemos construir nuestra vida con esfuerzo y trabajo, pero, si lo pensamos bien, nuestro esfuerzo y trabajo se realiza a partir de una gratuidad primera.  Ninguno de nosotros decidió nacer ni se dio la vida a sí mismo.  La vida nos la dieron, sin que la pidiéramos, como campo ancho y espacioso para hacer de ella algo valioso o para arruinarla con decisiones equivocadas y acciones destructivas.  En nuestra familia recibimos muchas cosas gratis: nos enseñaron a hablar y nos dieron los primeros cuidados y la primera educación.  Experimentamos de parte de nuestros padres y abuelos el amor y el cariño.  Vivimos en una ciudad, en donde otros han puesto las calles que nos llevan de un sitio a otros, donde otros han construido las casas en las que vivimos y trabajamos, en donde otros que también trabajan nos ofrecen sus servicios que nos facilitan la vida.  Es decir, si miramos atentamente nos damos cuenta de que si podemos ganar, lograr, descollar y tener éxito es porque muchos otros ayudan a crear las condiciones que hacen posible nuestras acciones y méritos.  Nuestros logros y éxitos se sostienen sobre un fondo de gratuidad que no hemos puesto nosotros.

Pero es que además, eso que llamamos nuestros logros, éxitos y ganancias están amenazados.  Hay un adversario contra el que no podemos lograr nada.  Se llama la muerte y nos amenaza desde el futuro.  Frente a la muerte nuestros logros, éxitos y victorias se disuelven como la sal bajo la lluvia.  Y si meditamos seriamente tendremos que llegar a la pregunta: ¿qué vale la vida? ¿qué sentido tiene vivir? ¿qué hay que hacer realmente para que valga la pena vivir?

Es en ese contexto que tiene todo su sentido esa frase de san Pablo con la que iniciamos nuestra meditación: Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente.  Frente al hecho de nuestra muerte futura y segura que le roba sentido a todo lo que logramos, ganamos y alcanzamos, debemos aprender a vivir de la gracia, del regalo, del don que nos viene de Dios y es la victoria sobre la muerte. 

La cuaresma de cada año comienza con la imposición de las cenizas.  El misal ofrece dos frases bíblicas que se pueden utilizar para el rito.  Una está tomada del evangelio según san Marcos y es la que con más frecuencia utilizamos: Conviértete y cree en el evangelio.  La otra está tomada del libro de Génesis y casi no la utilizamos, porque no nos gusta recordar que somos mortales: Recuerda que eres polvo y al polvo volverás.  Pero la verdad es que solo la conciencia de nuestra mortalidad nos permite comprender nuestra absoluta necesidad de salvación, de una salvación que no podemos ganar ni merecer ni lograr, sino que solo podemos recibir gratuitamente de Dios.  Es la salvación de la muerte para que la vida que hemos construido con nuestro esfuerzo, trabajo, talento y tesón, no se disuelva en la nada sino que alcance su plenitud en Dios.  En el fondo, de eso se trata en la cuaresma, de disponernos para recibir de Dios gratuitamente la salvación que nos da, en la experiencia de la resurrección y de convertirnos nosotros en creadores de gratuidad para los otros.  Hacemos el bien gratuitamente, sin esperar recompensa humana, porque nosotros también nos beneficiamos de la bondad de los otros y de Dios.

Dios nos invita a caminar por esta vida como Abraham.  Este hombre vivía seguro en su patria, en su familia y en su hogar.  Dios le manda salir, a dejar esas seguridades conocidas para caminar hacia una tierra futura que Dios le mostrará pero que Abraham todavía ni ve ni conoce.  Abraham comienza a caminar así de la gratuidad de Dios.  Abraham debe caminar, debe luchar, debe trabajar, debe lograr, pero en todo sostenido por la promesa de Dios que lo guía, lo sostiene, lo orienta, lo llama a su plenitud, de modo que Abraham mismo se convertirá en una bendición para los demás.  Los creyentes aprendemos a caminar por la vida al estilo de Abraham, fiados de las promesas de Dios.

Jesús se nos muestra hoy transfigurado y radiante de la plenitud divina que transforma su humanidad cotidiana.  La escena es promesa de su resurrección.  Nuestro destino es participar del fulgor radiante de la divinidad de Jesús.  Pero para eso debemos confiar y creer en Dios que gratuitamente nos ama, nos llama, nos sostiene y nos lleva hasta la plenitud.  Por supuesto que Dios espera de nosotros obras buenas, obediencia a sus mandamientos, solidaridad con nuestro prójimo, acciones buenas que realizamos a fondo perdido, sin esperar recompensa.  Las hacemos como expresión y respuesta de agradecimiento porque hemos recibido de Dios gratuitamente la salvación.  Que la conciencia de la gratuidad del amor de Dios haga crecer en nosotros la fe, fortalezca la esperanza y haga más ardiente el amor, para que también nosotros seamos agentes de gratuidad en nuestro mundo.

 
VATICANO CELAM GUATEMALA CLAR AGUSTINOS RECOLETOS JAR AGUSTINIANO RADIO MARIA