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Domingo 1° de Cuaresma

Hemos iniciado el tiempo cuaresmal de este año.  Para nosotros, los creyentes, es un tiempo sagrado, tiempo de purificación, tiempo de crecimiento espiritual, tiempo para caminar hacia la celebración de la Pascua y hacia la misma eternidad.  Dios mismo, a través de la Iglesia, nos ofrece su perdón para suscitar en nosotros el arrepentimiento; Dios mismo nos instruye para motivarnos a crecer en caridad y en santidad. 

La cuaresma es como un tiempo de ejercicios espirituales prolongados para que nos renovemos interiormente con el auxilio de la gracia de Dios y para que así podamos renacer a la alegría de la fe.  Las procesiones y rezos del viacrucis, los ayunos y privaciones, los actos de caridad y sacrificios propios de estos días deben ser apoyo y estímulo para lograr ese propósito de la cuaresma, que, vuelvo a repetir es como un tiempo de ejercicios espirituales prolongados para que nos renovemos interiormente con el auxilio de la gracia de Dios y para que así podamos renacer a la alegría de la fe y a la diligencia en la caridad en la celebración de la Pascua del Señor.

Los domingos de cuaresma son días del todo especiales.  La Iglesia elige lecturas bíblicas para que, al escucharlas, conozcamos mejor a Jesús, comprendamos el amor que nos tiene y estemos motivados a poner nuestra fe en él.  En los domingos de cuaresma, comenzando con este primero, nuestra atención se dirige a Jesús.  Las lecturas propuestas para este domingo este año nos muestran el significado de la persona de Jesús y su obra en el contexto del drama de nuestra existencia pecadora.

Adán y Cristo son los dos personajes que nos definen.  San Pablo lo expresa con toda claridad: Así como por el pecado de un solo hombre, Adán, vino la condenación para todos, así por la justicia de un solo hombre, Jesucristo, ha venido para todos la justificación que da la vida.  Y así como por la desobediencia de uno, todos fueron hechos pecadores, así por la obediencia de uno solo, todos serán hechos justos.

Para ilustrar esta contraposición entre Adán y Cristo, hemos escuchado hoy en primer lugar la lectura del relato del pecado de Adán.  Adán no es solo un personaje al principio de la historia humana.  Adán somos también y sobre todo nosotros mismos en nuestra condición de desamparo.  Somos Adán porque somos incapaces de darnos a nosotros mismos sentido de vida; porque somos incapaces de gobernar por nosotros mismos nuestra libertad para hacer el bien; Adán somos nosotros mismos sometidos a la caducidad de nuestra mortalidad.  Dios no nos hizo así.  Si Dios nos hubiera hecho así, no podríamos superar el sinsentido, el pecado y la muerte.  Si Dios hubiera querido que viviéramos en la frustración, que fuéramos pecadores y que muriésemos para siempre, no habría puesto remedio nunca a estas realidades en nosotros.  Pero como sabemos que Dios nos llama a una vida luminosa, a una vida santa, a la vida eterna y sabemos que la podemos alcanzar con su auxilio, entonces comprendemos que somos nosotros mismos que hemos caído en esta situación de indigencia, de pobreza, de carencia y necesidad en la que nos encontramos.  Cuando el hombre y la mujer comieron del fruto que Dios les había prohibido comer, descubrieron que estaban desnudos.  Esa experiencia de saber que estamos desnudos, es la toma de conciencia de que estamos necesitados de salvación y que por nosotros mismos no podemos salvarnos.  Necesitamos que Dios nos salve.

Esa es la misión de Jesús.  El evangelio nos narra el relato de las tentaciones de Jesús.  En su bautismo, él había escuchado la voz de Dios que lo declaraba Hijo suyo.  Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre.  Pero, ¿está Jesús también sujeto a la indigencia y desnudez que afecta a toda la humanidad?  El mismo Espíritu que había bajado sobre Jesús en el bautismo, lo lleva al desierto, y lo somete a prueba.  En este relato se condensa como en una miniatura toda la vida de Jesús.  A Jesús lo acusaron de hacer curaciones con el poder de Satanás; le pidieron milagros para que demostrara que era el Hijo de Dios; al final de su vida le exigieron que bajara milagrosamente de la cruz para demostrar su condición divina.  Son las tentaciones con las que el diablo pone a prueba a Jesús.  Lo importante de este relato por lo tanto es la actitud de Jesús.  A cada tentación Jesús responde con una frase tomada de la Palabra de Dios a la que él se somete y la que toma como referencia para su vida.  Jesús demuestra su condición de Hijo de Dios por su obediencia al Padre, incluso cuando esa obediencia implica sufrimiento y hasta la muerte.  Es la figura que contrasta con Adán.

Ahora bien, si nacemos con la marca de Adán, debemos adquirir la marca de Cristo.  Por la fe y el bautismo, por la instrucción y la eucaristía recibimos en nosotros el sello de Jesús, es más, nos hacemos una sola cosa con él, nos hacemos cuerpo suyo, de modo que unidos con él, nuestra vida encuentra sentido a la luz del amor de Dios, nuestro pecado encuentra perdón por la gracia de Cristo y atravesamos nuestra muerte hacia la plenitud de Dios gracias a nuestra unión con Jesús resucitado.  Pero esa unión con Jesús nos exige también adoptar nosotros mismos las actitudes de obediencia a Dios, de abnegación en el amor, de sacrificio en el servicio que fueron rasgos de su condición de Hijo.

Este es el mensaje que la Iglesia nos propone al inicio de la cuaresma: Jesús es nuestro Salvador.  Él es el Hijo de Dios que se ha hecho hombre y no ha sucumbido a la prueba del diablo.  Por eso en él hay esperanza para nosotros.  Nosotros mismos no podemos salvarnos, pero si ponemos nuestra fe en Jesús, él se convierte en nuestro Salvador.

Nosotros hemos creído en Jesús, hemos recibido el bautismo que nos limpia de pecado y la comunión con su Cuerpo que nos da vida eterna.  Esta cuaresma es para nosotros tiempo de renovar nuestra adhesión a Jesús, nuestra confianza en él.  Si por el pecado de un solo hombre estableció la muerte su reinado, con mucha mayor razón reinarán en la vida por un solo hombre, Jesucristo, aquellos que reciben la gracia sobreabundante que los hace justos.  Recibir en mayor abundancia esta gracia es el propósito de esta cuaresma que comenzamos el miércoles de ceniza con tanta piedad y esperanza.

 
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