Horario Parroquial

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Domingo 29° Ordinario

El pasaje evangélico que acabamos de escuchar es muy citado por quienes creen que política y religión no se mezclan para dar un fundamento bíblico a su postura.  Este pasaje serviría para dar sustento a la opinión de que una cosa es la política y otra la religión.  Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.  Una semejante opinión significaría que la política es un mundo aparte, ajeno a Dios en el que los cristianos piadosos e íntegros mejor no se meten.  Si la política no es el Reino de Dios, entonces debe ser el reino del diablo.  La corrupción, impunidad y sordidez que allí se da debe ser la prueba.  Interpretación falsa.

Para comenzar conviene tomar conciencia de la abundancia de conceptos políticos que hay en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.  En el Antiguo Testamento se explica fácilmente, pues la salvación que Dios otorgó al pueblo de Israel es una salvación política.  Israel, que recuerda su prehistoria como un pueblo oprimido y esclavo en Egipto, fue liberado por Dios, para ocupar una tierra que pudo llamar suya (aunque antes vivieran allí otros pueblos), en donde los diversos clanes y tribus que integraban el pueblo se fueron configurando como un reino, hasta que tuvo un gobernante ideal, sujeto a la voluntad de Dios, el rey David, que aseguró sus fronteras y estableció el culto a Dios en el templo de Jerusalén, de modo que el pueblo pudo vivir en paz y mirar al futuro con confianza.  Ese momento fulgurante duró poco; vino la infidelidad religiosa, la división del reino, luego la aniquilación de los reinos del norte y del sur, la ocupación del país por potencias extranjeras.  Pero la esperanza de una “restauración davídica” configuró la esperanza del pueblo judío.  Aunque en la reflexión sapiencial y en las oraciones comenzó a dibujarse una esperanza de salvación personal más allá de este mundo, el esquema político se mantuvo.

Jesús fue heredero de ese mundo conceptual.  Fue aclamado como hijo de David, fue honrado como Rey de Israel, vino a anunciar el Reino de Dios, y lo acusaron de sedición ante la autoridad imperial.  El Apocalipsis lo aclama Rey de reyes y Señor de señores.  Sin embargo, está claro que la propuesta salvífica de Jesús fue ante todo personal y no nacional, y aunque congregó un pueblo, ese pueblo no tenía pretensiones de establecerse en este mundo como un reino entre otros, sino que estaba diseñado para vivir mezclado en los pueblos del mundo y para aspirar a su plena realización en el cielo.  De ese modo, los cristianos, los discípulos de Jesús, vivimos en este mundo, en medio de las realidades políticas, muchas veces adversas.  Varios pasajes del Nuevo Testamento dan orientaciones y hasta normas de cómo debemos comportarnos los cristianos en medio del ordenamiento político temporal en el que debemos vivir.  Aunque los cristianos somos un pueblo, nuestra salvación es personal; aunque ya experimentamos la salvación en este mundo, se realiza plenamente en el cielo, después de la muerte y la resurrección esperada.

La pregunta que le plantean a Jesús acerca de la obligación de pagar o no el tributo al César Romano debe entenderse como un problema teológico.  No es una pregunta simplemente moral, como la planteamos nosotros, hasta dónde estamos obligados a pagar impuestos y cuánto.  El Imperio Romano era tenido por ser una entidad divina.  El emperador se hacía llamar “Divino Augusto”, “divus Augustus”; la religión romana tenía el propósito de mantener el orden político; el Imperio era dueño de vidas y haciendas.  Pagar impuestos al Imperio era reconocerlo, apoyarlo, someterse a él.  ¿No sería eso una traición a Dios?  ¿No dice Jesús que no se puede servir a dos señores?  ¿Puede un miembro del Reino de Dios o que espera el Reino de Dios pertenecer también al Imperio del César?  Jesús pide que le muestren la moneda con la que se pagaba el impuesto, una moneda romana, por supuesto.  Esas monedas llevaban acuñada la imagen del emperador, del Divino Augusto. 

La respuesta de Jesús, den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios lleva implícita varias convicciones.  La idea de que el César y Dios están a la par, que la lealtad a uno supone la enemistad con el otro es falsa.  El Imperio, el César y las realidades políticas no son divinas, son organizaciones humanas para facilitar la convivencia de los hombres.  Hay que contribuir para que funcionen.  No se comete ningún delito contra Dios si se pagan los impuestos.  Por lo tanto, quedan íntegros los deberes para con Dios.  A él sí le debemos la obediencia en conciencia; de él sí debemos y podemos esperar la salvación.  Es más, la obediencia a Dios exige la colaboración honesta para que funcione la organización política, porque las decisiones políticas son decisiones morales sujetas al juicio divino.

En ese sentido, César y Dios no se contraponen, sino que se coordinan.  Los cristianos somos ciudadanos y pertenecemos al orden social y político en el que vivimos.  Pero pertenecemos también al Reino de Dios.  La organización política, al servicio de la persona humana y de las comunidades humanas, se sostiene y funciona si los ciudadanos y los gobernantes actuamos con rectitud moral.  En ese sentido, la fe de los ciudadanos puede convertirse en motivación moral para actuar rectamente.  Desde la fe en Dios comprendemos la naturaleza instrumental del Estado al servicio de las personas y de la sociedad.  Los ciudadanos creyentes, que en conciencia obedecen a Dios y a sus mandamientos y están sometidos a él en todo lo que hacen, procurarán someter también a Dios las realidades temporales en las que viven, a través de sus acciones políticas y sociales.  Dios es el rey del mundo a través de la conciencia de los ciudadanos creyentes que someten a Dios, para bien de todos, las realidades de este mundo a través de sus acciones.  Así enseña la Iglesia en su Doctrina Social la relación de las realidades temporales con Dios.  A través de la fe y la acción de los ciudadanos.  Por eso la fe no es un asunto eminentemente privado ni postura ideológica sin consecuencias temporales.  A través de la fe personal, los ciudadanos creyentes, sobre todo los laicos que viven inmersos en esas realidades temporales, contribuyen a ordenar el mundo según Dios para que sea un lugar donde todo esté al servicio del desarrollo de las personas y las comunidades y donde podamos vivir en paz.  Una gran tarea y un gran reto en estos tiempos tan turbulentos.

Hoy es el Día Mundial de las Misiones.  La Misión consiste en la acción de los creyentes para anunciar a Jesucristo.  Pero Misión es también la tarea de los laicos para someter las realidades temporales a Dios a través de su trabajo, de la educación de su familia, de su servicio comunitario.  Este día tiene el propósito de recordar nuestra vocación misionera.  Pero la misión no consiste solo en hablar acerca de Jesús, sino en hacer que Jesucristo reine y dirija este mundo a través de nuestras acciones, allí donde vivimos, nos movemos y existimos.  Así nos lo conceda el Señor.

Domingo 28° Ordinario

Hoy hemos escuchado en la lectura del evangelio la parábola de los invitados al banquete de bodas del hijo del rey. Jesús la cuenta en Jerusalén, cuando su ministerio ya llega al final, cuando su muerte parece inminente, cuando en la cruz ganará para nosotros la salvación.  Fijémonos que Jesús no cuenta esta parábola al pueblo en general, sino a los sumos sacerdotes y a los letrados, es decir a la dirigencia religiosa judía.  La parábola es una denuncia y una acusación, es también una advertencia y una admonición.  Es una parábola sobre el reino de Dios, pero para proclamar que nadie puede presumir de ser dueño del reino de Dios, que el reino no se impone, sino que hay que acogerlo libremente, que Dios lo ofrece generosamente, pero que se requieren cualidades para pertenecer a él.

Domingo 26° Ordinario

 

Hoy hemos escuchado tres lecturas que tienen un hilo temático común: el de la obediencia a Dios, el de la conversión a Dios para obedecerlo.  El prototipo de la obediencia es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo.  En la Carta a los filipenses, san Pablo exhorta a sus lectores a vivir en unidad.  Llénenme de alegría teniendo todos una misma manera de pensar, un mismo amor, unas mismas aspiraciones, una sola alma.  Pero para lograr ese objetivo de concordia y entendimiento mutuo, todos los miembros de la comunidad deben tener una misma actitud.  Por eso continúa: nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás como superiores a sí mismo y no busque su propio interés, sino el del prójimo.  Y para motivarlos en esta actitud de abnegación, humildad y servicio, les recuerda el ejemplo y la actitud del Hijo de Dios.  Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo.

Domingo 25° Ordinario

Pienso que en este día debemos comenzar la homilía con el agradecimiento a Dios por la vida y testimonio del padre Francis Stanley Rother, quien ayer, 23 de septiembre, fue declarado mártir de la fe por el cardenal Angelo Amato en Oklahoma City en Estados Unidos.  El beato padre Francis Rother trabajó unos trece años en Santiago Atitlán.  Primero llegó en 1968 como parte del equipo misionero de la Arquidiócesis de Oklahoma en Santiago Atitlán y cuando murió era el párroco del lugar.  Aprendió el tzutujil y era conocido en ese idioma como padre Apla’s.  Desempeñó su trabajo pastoral en la década de los setenta, durante el conflicto armado.  Fue asesinado el 28 de julio de 1981.  Unos meses antes había viajado a los Estados Unidos, y cuando le aconsejaron no regresar, pues su vida corría peligro, tomó la decisión de volver porque, dijo, “un pastor no abandona su rebaño”.  Este es el primer reconocimiento oficial de parte de la Iglesia universal de que durante el conflicto armado en Guatemala ser cristiano católico y vivir como tal podía pagarse con la vida.  Hay otro número plural de otros sacerdotes, religiosos y laicos catequistas que fueron asesinados por ser católicos y cuyas causas de beatificación están en camino.  Damos gracias hoy por el beato padre Apla’s.

 

Domingo 24° Ordinario

Las lecturas de hoy nos proponen el tema del perdón recíproco en la comunidad de discípulos de Jesús. Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar al que ha pecado contra él, a quien lo ofendió. Y aventura un número: ¿hasta siete veces? Debemos comprender que esa propuesta es muy generosa. El número siete significa plenitud. Por lo tanto, Pedro no es para nada mezquino. Pero Jesús lo corrige y le propone una cifra todavía más grande en base al número siete como para decir que hay que ir más allá del perdón. No basta con perdonarnos unos a otros, sino que hay que ser también creadores de la gratuidad como clima de la convivencia fraterna. Dios ha establecido con nosotros una alianza de perdón fundada en su amor gratuito, por lo que nosotros debemos actuar de tal modo que no solo seamos capaces de perdonar, sino de acogernos en la gratuidad.

 
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