Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

8:30 am - 12:00 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Domingo 12° Ordinario

El pasaje evangélico que la Iglesia nos propone para este domingo es parte de las instrucciones y enseñanzas que Jesús dio a sus discípulos acerca de la misión que les encomendaba, de continuar la evangelización que él mismo había comenzado.  En el pasaje que hemos escuchado se pueden reconocer tres partes distintas que vamos a comentar, para ver de qué manera iluminan nuestra propia tarea evangelizadora hoy.

Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo

La solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo posee un particular relieve en nuestra ciudad, porque reúne en una sola celebración a los párrocos y sacerdotes que ejercen el ministerio en Quetzaltenango y también a los fieles católicos de las parroquias del municipio.  Celebramos esta santa misa y luego proclamamos nuestra fe en Jesús Eucaristía en la procesión que desde Catedral avanza hasta culminar en la iglesia de El Calvario.  Celebramos esta misa en esta Catedral, de la que ha sido clausurada la nave sur, por los peligros que representan las cúpulas seriamente dañadas.  Esperamos que con la colaboración de todos las podamos reparar y reconstruir pronto.  Recordamos a las personas que sufrieron daños en sus casas; agradecemos la solidaridad de los vecinos con su prójimo en necesidad.  Encomendamos a Dios a quienes murieron con ocasión del sismo.  Pedimos a las autoridades que agilicen la reparación de los edificios públicos de servicio como las escuelas estatales.  Aprovechemos todos la ocasión para encomendarnos a Dios que es la única roca firme que da solidez a nuestra vida.

Solemnidad de la Santísima Trinidad

Es más fácil alabar y hablarle a Dios que exponer doctrinas sobre Dios.  Es más fácil alegrarnos en Dios que escribir y enseñar acerca de Dios.  En esta solemnidad de la Santísima Trinidad, preferiría celebrar la santa misa ateniéndome a los textos que la Iglesia prescribe y a través de ellos confesar mi fe en Dios, agradecer su amor, celebrar mi esperanza, sin tener que hablarles también a ustedes acerca de Dios.  La liturgia está llena de palabras nuestras, que añadimos como moniciones y explicaciones y homilías y avisos y cantos de relleno porque nos espanta el silencio y ya no somos capaces de estarnos quietos para escuchar a Dios.  Multiplicamos las palabras que nos dirigimos unos a otros, y ahogamos en nuestra palabrería las que la Iglesia nos propone para que le hablemos a Dios, y casi queremos reemplazar con nuestras palabras las de Dios en la Escritura, como si la Palabra de Dios no se entendiera y tengamos que dar nuestras explicaciones por delante y por detrás para esclarecerla.  ¡Nuestra palabra iluminando la de Dios!  En vez de dejar que la Palabra de Dios, proclamada debidamente resuene en nuestros oídos y nos hable a cada uno en nuestro interior.  En esta solemnidad de la Santísima Trinidad, más que hablar de Dios debemos ponernos silenciosos en su presencia y dejar que nos hable.

 

Pentecostés

 

La fiesta de Pentecostés celebra la efusión del Espíritu sobre la Iglesia, y a través de la Iglesia, sobre la humanidad.  Normalmente pensamos en esta fiesta como si se tratara de un acontecimiento singular, que dio madurez a la Iglesia y marcó el inicio de la evangelización y no se repitió más.  Pensamos en Pentecostés a semejanza de la muerte de Cristo en la cruz o a semejanza de su resurrección, que fueron acontecimientos únicos que realizaron un aspecto de la salvación.  Pero creo que sería mejor concebir Pentecostés no como un acontecimiento único, sino como el inicio de una efusión continua del Espíritu que dura hasta el día de hoy.  Y aunque Dios es muy libre de conceder su Espíritu donde quiera y como quiera, la Sagrada Escritura también nos enseña que la Iglesia que proviene de los apóstoles por la sucesión episcopal es el ámbito donde con seguridad podemos captar y recibir esa señal de Dios que es el Espíritu que renueva el aspecto de la tierra.

Domingo 7° de Pascua

LA ASCENSION

Las escenas que relatan la despedida y separación definitiva de Jesús de sus discípulos son de carácter ambivalente.  Por ejemplo la escena de los Hechos de los Apóstoles cuenta cómo Jesús asciende hacia las nubes del cielo físico y desaparece de la vista de los discípulos que quedan absortos mirando hacia arriba, hasta que dos varones se les aparecen y les dicen que volverán a ver a Jesús cuando regrese en gloria y majestad.  Por otros pasajes del evangelio sabemos que se refiere a la vuelta del Hijo del hombre al final de los tiempos para el juicio de la humanidad.  En cambio, san Mateo, en su evangelio, nos relata una aparición final de Jesús que viene del cielo (y no que se va allá), en que se aparece a los mismos discípulos lleno ya de poder y gloria, que los envía en el encargo misionero de enseñar a todas las naciones lo que ellos habían aprendido de él, y les promete que estará presente con ellos hasta el final de los tiemp

AscensionEn estas dos escenas, al parecer de sentido contrario, se manifiesta la densidad del tiempo cristiano y del significado de la Iglesia y su misión.  Es evidente que Jesús ya no convive con nosotros como convivió un tiempo antes y después de su muerte con sus discípulos.  En ese sentido Jesús ya se fue, su modo de presencia no es el que fue.  Pero por otra parte, la experiencia de Pentecostés y las explicaciones de Jesús a sus discípulos en el evangelio según san Juan, nos hablan de otra forma de presencia.  El Espíritu Santo crea una nueva comunión entre los discípulos y Jesús y el mismo Dios Padre.  De este modo, el Hijo y el Padre, por el don del Espíritu viven, habitan, al discípulo de modo nuevo y espiritual.  El tiempo de la Iglesia, entre Pentecostés y la vuelta del Señor, no es un tiempo vacío de Dios.  Dios y Jesús están presentes en sus discípulos de un modo nuevo que anticipa de algún modo la plenitud final. 

La misión consiste ahora en anunciar, no solo unas enseñanzas y doctrinas, sino también en transmitir una forma de vida, esa forma de vida en Dios y con Dios, por medio de los sacramentos.  A eso se refiere san Pablo, cuando en la segunda lectura de este domingo declara:  “Le pido a Dios que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento [a saber, la vida con Dios y en Dios para siempre], cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos [el don de su Espíritu y la posibilidad de compartir la vida divina], y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que confiamos en él, por la eficacia de su fuerza poderosa” [a saber, la fuerza de su salvación que se nos ofrece en Cristo Jesús].

 
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