Horario Parroquial

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Domingo 2° Ordinario

 

 

El segundo domingo del tiempo ordinario, todos los años, leemos un pasaje evangélico tomado del relato de los inicios del ministerio de Jesús según el evangelista san Juan.  Este año leemos el relato del milagro realizado en Caná de Galilea, durante la celebración de una fiesta de bodas en la que estaba la madre de Jesús y a la que también llegaron Jesús y sus primeros discípulos.  El episodio de las bodas de Caná es para el evangelista san Juan el milagro de presentación de Jesús al pueblo de Israel.  Lo dice solemnemente el mismo evangelista: Esto que Jesús hizo en Caná de Galilea fue la primera de sus señales milagrosas.  Así mostró su gloria y sus discípulos creyeron en él.  Este no es pues un milagro más, uno de tantos.  No es solo el primero, como dice la traducción litúrgica, es el milagro fontal, es el milagro del que se generan todos los demás.

Para entenderlo en su pleno alcance es necesario recordar cómo el motivo nupcial y conyugal recorre todo el Antiguo y el Nuevo Testamento.  Varios profetas del Antiguo Testamento recurrieron a imágenes nupciales y matrimoniales para hablar de la relación de Dios con su pueblo.  Los libros de Oseas, Jeremías, Isaías y el mismo Ezequiel contienen pasajes en los que con diversos matices se utilizan las imágenes nupciales y conyugales para describir aspectos de la relación de Dios con Israel:  Dios es a veces el marido ofendido por la infidelidad de su amada; otras veces es el novio que seduce a su esposa y la reconquista para que le sea fiel; o para un futuro Dios espera que Jerusalén sea la esposa embellecida y radiante con la que se desposará para siempre en fidelidad.  En el Nuevo Testamento las imágenes nupciales abundan.  En una ocasión cuando le preguntaron a Jesús por qué sus discípulos no ayunaban como hacían los fariseos, respondió que los amigos del novio no hacen penitencia mientras el novio está con ellos; el novio es Jesús.  La trama de varias parábolas de desarrolla en un ambiente nupcial: las cinco jóvenes diligentes y las cinco negligentes salieron con sus lámparas a esperar al novio que llegaba y solo las diligentes que tenían aceite en sus lámparas entraron a la fiesta de bodas.  Recordamos también la parábola del rey que organizó una fiesta para las bodas de su hijo, pero los invitados no llegaron, y entonces convocó a todos los que encontró por los caminos.  En estas y otras parábolas se menciona al novio, nunca aparece la novia.  Tampoco en el relato de Caná.  El novio es Jesús que celebra su salvación como una fiesta de matrimonio con su pueblo, con la Iglesia.  En los escritos de san Pablo sí aparece la novia: es la Iglesia, Jesús es el esposo de la Iglesia que la ha adquirido con su muerte y resurrección.  También en el Apocalipsis: después de la victoria sobre Satanás y sus secuaces, se celebra en el cielo las bodas del Cordero.  La novia es la Jerusalén del cielo, que aparece radiante como una novia.

Con menor abundancia de testimonios, el motivo del vino también tiene su historia.  Uno recuerda el banquete mesiánico que Dios preparará en Sión con vinos generosos y abundantes (Is 25,6-10); o en el salmo 23 el buen pastor llena la copa de su protegido.  También están las historias de las viñas que no dan fruto.  El vino es símbolo de los bienes que Dios da.  En el Nuevo Testamento, el vino nuevo del Evangelio hay que echarlo en los odres nuevos de la nueva práctica religiosa que propone Jesús.

El relato de las bodas de Caná se inscribe en esta tradición temática.  En el relato, los protagonistas son la madre de Jesús y el mismo Jesús.  La madre de Jesús es casi la dueña de la fiesta.  Se aflige porque no hay vino.  Uno puede preguntarse si se había acabado o si simplemente no había en absoluto.  Luego comunica esta preocupación a Jesús, que reacciona con una respuesta de largo alcance: Todavía no llega mi hora. En la observación de su madre, de que no hay vino, Jesús entiende un reclamo a realizar su misión.  Falta vino, falta la salvación.  Ofrecer el vino de la salvación que falta es la misión para la que ha venido Jesús, y no le parece que sea la hora todavía.  Naturalmente, la hora de Jesús llegará cuando muera en la cruz y ofrezca su sangre como expiación por los pecados.  Pero la madre de Jesús insiste: Hagan lo que él les diga.  Y como anticipo del momento cuando llegue su hora Jesús ordena que se llenen de agua seis tinajas destinadas a las purificaciones judías y luego que se saque un poco para que el mayordomo responsable de distribuir el vino lo pruebe.  El mayordomo se asombra de que hubiera un vino tan bueno guardado en reserva, y llama al novio y lo alaba, porque ha guardado el vino mejor hasta ahora.  El novio debió quedar igualmente sorprendido, pues no era él quien había dado el vino, sino Jesús.  En todo caso, es Jesús quien así manifiesta su gloria y es en Jesús en quien los discípulos ponen su fe.

El milagro de las bodas de Caná es pues un anticipo simbólico de lo que acontecerá en la glorificación de Jesús en su muerte y resurrección.  La madre de Jesús es la portavoz de quienes esperan de Dios la salvación: no hay vino, le dice a Jesús.  Él ofrecerá en abundancia el vino de la salvación y celebrará sus bodas con la Iglesia de los redimidos cuando muera en la cruz.  Entonces Jesús le hablará a la humanidad redimida, con las palabras de la primera lectura de hoy: Ya no te llamarán “Abandonada”, ni a tu tierra, “Desolada”; a ti te llamarán “Mi Complacencia” y a tu tierra, “Desposada”, porque el Señor se ha compadecido en ti y se ha desposado con tu tierra.  Como un joven se desposa con una doncella, se desposará contigo tu Hacedor; como el esposo de se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo.  En aquella ocasión Jesús posibilitó que la fiesta de bodas en esa aldea de Galilea se llenara de alegría en anticipo de la alegría que sus seguidores anticipamos en la fe y experimentaremos en la fiesta de bodas del reino de Dios.

 
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